domingo, 22 de enero de 2017

Bar Cafetería L'horta (Castellar-Oliveral) 13-01-2017





Este viernes 13, día maldito en algunos países pero que aquí sólo suena a película de terror, Los Dalton Buidaolles inician el nuevo año con la visita a Castellar- Oliveral, una barriada de la Huerta Sur donde se encuentra el Bar Cafetería l’Horta. Como no podría ser de otra manera, su nombre hace referencia a la huerta, a lo que fue su entorno y que, algo mermado, aún sigue siendo.
El nombre de Castellar tiene su origen en una alquería andalusí de Castelló de l’Albufera, y Oliveral en los olivos plantados en una elevación en torno a la cual surgió el poblado.
Esta unión de dos poblados, - Castellar y Oliveral – forman una pedanía de Valencia, de la que le separan las infraestructuras: nuevo cauce del río Turia, autovías, ferrocarril… al igual que otros barrios ya mencionados en anteriores capítulos. Sin embargo, conserva aún una parte importante de la huerta que le une con otros poblados cercanos a la albufera, algo que le ha proporcionado su principal fuente de recursos económicos: la agricultura tradicional. Un paraíso natural de huerta ahogado por las infraestructuras que le dificultan la comunicación con la ciudad.

 
En la actualidad Castellar-Oliveral cuenta con una población de algo más de 7.000 habitantes que padecen los problemas típicos de las zonas alejadas del centro: transporte deficiente, escasez de equipamientos y desempleo elevado. Algunos ciudadanos piensan que Castellar-Oliveral es una rotonda con huerta en medio que resistió ante el desenfreno del ladrillo, a pesar que sobre su territorio planeaba la sombra de ese buitre llamado especulación. La asociación de vecinos sigue luchando para que no se derriben sus alquerías centenarias y se habiliten mejores servicios de transporte urbano. Sin embargo, aquí no se detectan los problemas sociales de otros barrios dentro del casco urbano de la ciudad.
El monumento principal de esta zona es la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Lepanto, del año 1868, mantiene una sola torre y otra iniciada, lo que recuerda a “La Manquita”, - catedral de Málaga – con un estilo clasicista en su fachada y barroco en su interior. Llama la atención el obelisco que hay junto a la misma, sobre el que se puede apreciar una pajarita similar a las de papiroflexia.
Castellar-Oliveral conserva esa estructura de pueblo, reflejada en sus casas centenarias de estilo modernista con una decoración de cerámica y motivos frutales, tal es el caso de la que podemos observar en la foto del año 1914 llamada “Villa Conejos”.
El Bar-cafetería l’Horta, está en la calle Vicente Puchol, 16 y su producto más solicitado es el bocadillo de carne de caballo con ajetes tiernos, patatas fritas y all i olli. Posiblemente, el lugar donde mejor lo sirven de los, hasta el momento, visitados. Tal vez por su carne tan tierna, el pan tan crujiente o la buena combinación con el resto de los ingredientes.
Los Dalton Buidaolles llegan al momento del café y a la tertulia habitual, con los chascarrillos, chistes y temas sociales de candente actualidad.
Un año más, una semana más, un momento más de solaz evasión en el que se para el tiempo, en el que se dejan atrás los problemas para desinhibirse y romper con los formalismos profesionales y con los actos socialmente aceptados, dando rienda suelta a los instintos que han estado sublimados durante toda la semana.
José González Fernández

sábado, 7 de enero de 2017

CASA TERE (BARRIO DE MALILLA) 16/12/2016



El cielo cubierto de nubes impedía a su majestad, el astro sol, hacer acto de presencia en la mañana de un viernes que olía a Navidad y a invierno. El líquido elemento, tímidamente salpicaba el asfalto cuando, tras unos días de tregua, llovía sobre mojado en la ciudad de Valencia. No era más que el preámbulo de lo que llegaría después: tormentas de rayos y truenos acompañadas de abundantes precipitaciones que azotaron a toda la costa levantina durante ese día y los cuatro siguientes.
Sin embargo, esto no sería un obstáculo para que Los Dalton Buidaolles, como cada viernes, iniciaran su encuentro en busca del deseado esmorzaret. Esta vez se dirigen a pie al barrio de Malilla, cercano al Instituto.
El barrio de Malilla, al sur de la Ciudad, cuenta con una población de 23.000 habitantes, en una zona de alta expansión y especulación urbanística cuyo origen se remonta a la época andalusí, en la que existía cerca de Ruzafa un rahal denominado “Malilla”, siendo donado por Jaime I, junto a las tierras de labranza, a las personas que vinieron a repoblar Valencia en el año 1238. Su nombre procede del camino que unía a las alquerías con Ruzafa, llamado “Camino viejo de Malilla” y posteriormente “Carrera Malilla”; una vía con adoquines hasta 1975, año en el que fue asfaltada.
Tras la riada de 1957 se lleva a cabo el Plan Sur, con el fin de desviar el cauce del río Turia y evitar las inundaciones en la ciudad. La división de tierras por dicho cauce, dio lugar a la formación del barrio. Una zona en la que siempre han existido aguas subterráneas, producto de una de las ocho acequias del río Turia; la de Favara, que desaparece en este barrio para volver a aparecer, recuperando su trazado original en la amplia zona regable de Benetúser y Alfafar. En Malilla aún se mantienen los canales o regadoras que conectan con dicha acequia, los cuales llevan agua a las distintas parcelas.
En la actualidad se está llevando a cabo, en la zona norte de este barrio, la construcción de un centro de interpretación o parque urbano con la estructura de huerto-jardín; una exposición al aire libre a escala real de lo que ha sido Valencia y su huerta, manteniendo y revitalizando su sistema histórico de canales dentro del entorno paisajístico.
En el barrio de Malilla, en la calle Juan Ramón Jiménez, 73 se encuentra Casa Tere, un lugar donde el almuerzo es tan barato porque, según nos comenta el dueño del negocio, se han tenido que adaptar a los duros tiempos de la crisis. Una crisis que ha azotado a la zona, paralizando cualquier iniciativa de construcción privada. Sin embargo, la calidad de los productos que ofrece se mantiene inalterable. Sirva de ejemplo esa tortilla de patatas entre el recién hecho pan; una delicia para el paladar y, de manera inexplicable, fácil de digerir. Un rico bocadillo con pimientos y panceta que ayuda a continuar la jornada y que da pie para que alguno de Los Dalton ayune hasta la hora de la cena, pues ese día tocaba también la tradicional cena de empresa. Una de esas cenas que sirven para reunir a una parte de la plantilla una vez al año; que ayudan a fomentar las relaciones informales y que luego surten efecto en las dinámicas de equipos de trabajo, pero que al mismo tiempo favorecen el consumismo navideño y no cubren las expectativas en cuanto en la relación calidad-precio.
Los Dalton Buidaolles prefieren siempre “las nueces al ruido” y, además de asistir a las protocolarias cenas, también acuden en la mañana del viernes, como si de un ritual religioso se tratara, a este local que, por su decoración, nos recuerda que ha llegado la Navidad, algo que significa vacaciones y que en pocos días llegarán esos sorteos de lotería que mantienen la ilusión y hacen que todo el mundo sueñe con que su vida va a cambiar. Pero también significa que es tiempo de reuniones familiares: con su alegría, con la pena por el que falta, con los brindis, con los besos, con las riñas… y con la práctica de todos los conjuros y rituales para recibir el nuevo año.
José González Fernández