viernes, 28 de septiembre de 2018

Bar Culebras, calle Sant Josep Artesà, 30, Benicalap, Valencia (28-09-2018)





A temprana hora de la mañana, el insolente y, a la vez, acariciante sol, se colaba de contrabando cual ladrón por el vano de la ventana, sin necesidad de que el despertador, avisara de que había llegado un nuevo día, al tiempo que ayudaba a caldear el dormitorio que la fresca madrugada había enfriado.

Se notaba la llegada del otoño, tal vez la época mejor recibida por la mayoría de los habitantes de la ciudad del Turia, pues, a diferencia de años anteriores, había llovido lo justo y necesario para saciar la sed que la tierra acarreaba de los meses del estío.

En aquella zona de la Ciudad, tal vez, en otro tiempo, todo fueran campos con gran variedad de cultivos, entre los cuales se encontraran las alquerías que dieran el nombre a la pedanía (ahora distrito) de Benicalap.  En la actualidad, todo son edificios y talleres de artesanos falleros. Lo que se ha dado en llamar “Ciudad Fallera” es el polígono en el que se ubica la industria de la artesanal actividad, que hace posible una de las manifestaciones culturales más importante de España, considerada patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco.


Ahora, en el primer mes  del otoño, ya se construye aquello que va a servir para saludar a la primavera; la combustión de estos grupos escultóricos representan el eco social en forma de caricatura y sátira, con los temas y personajes de más candente actualidad.


No es de extrañar, por lo tanto, que una de las calles que cruzan este complejo artesanal, llegando hasta la zona residencial, se llame “Sant Josep Artesà”. En esta zona del extrarradio, las lagartijas, los topillos, las culebras y otras alimañas, no son muy frecuentes, sin embargo, llama la atención el nombre de uno de los establecimientos que podemos encontrar en el número 30 de dicha calle,  cuyo nombre es: “Bar Culebras”. Pero no se asusten, ni en el interior del local, ni en su terraza, ni en primavera, ni en temporada de letargo, van a ser sorprendidos por  la presencia de este hosco y repulsivo ofidio. El nombre del recinto se debe a que “Culebras” es el apellido del dueño del mismo; un local que viene funcionando desde al año 1988, como así reza en el cartel a la entrada del establecimiento.
 





Grandes bocadillos con todo tipo de productos de la tierra y del mar: longanizas, morcilla, chorizos, habas, patatas fritas, esgarraet, rabas, pimientos, tortilla… son servidos en media barra de buen pan.


El lugar es cómodo y el aparcamiento es fácil en la zona. El precio, de lo más barato de la Ciudad. No obstante, entre los aspectos negativos hemos de hacer mención al servicio; este es algo lento. Además, en el almuerzo no ofrecen un producto tan típico y solicitado como es el cremaet. 


En este día, Los Dalton Buidaolles hablaban de la música de U2 y de su reciente actuación en Madrid después de 13 años. Una actuación esperada con incertidumbre por si se suspendía, como ocurrió en el concierto de Berlín de hacía tan solo unos días, donde el cantante y líder de la banda se quedó sin voz, pero esto aquí no llegó a ocurrir y la actuación estuvo a gran nivel.

Las tertulias en todos los bares se hacían eco ese día de lo que la prensa había destacado a lo largo de la semana; los nuevos escándalos destapados de los ministros del gobierno socialista. En las conversaciones grabadas y filtradas por José Manuel Villarejo - un ex comisario de policía -, se ponía en evidencia a la Ministra de Justicia Dolores Delgado; como consecuencia de una comida que tuvo en el año 2009 con el ex policía – ahora en prisión provisional -. Ella y otros miembros de la judicatura se dieron cita con el mencionado personaje, en la que, de modo informal, se habló de ciertas personalidades, no presentes, en tono despectivo y jocoso.

   También, en el almuerzo de Los Buidaolles, se comentó la noticia de otro ministro, Pedro Duque, quien aparecía en los tabloides, en este caso, por haber utilizado, hace algunos años, sociedades pantalla para no declarar sus impuestos. En tono de humor se decía, que tal vez el ex astronauta declarara sus impuestos en Marte o en algún otro planeta de nuestra galaxia, sin que esto pudiera llegar a considerarse evasión fiscal, ya que el científico había desarrollado su actividad profesional en el espacio sideral.  



   Transcurren los días, las semanas, los meses y los años, pero esta banda continúa con sus buenas costumbres, su buen sentido del humor y, lo más importante, con su extraordinaria sintonía.
José González Fernández

viernes, 21 de septiembre de 2018

Bar Serrería, calle de la Serrería, 49, Valencia (21-09-2018)


            Al este de la Ciudad, desde la avenida del puerto hasta la estación de tren de El Cabañal, donde termina la avenida de Blasco Ibáñez, transcurre la calle Serrería, cuyo nombre se lo debió dar alguna fábrica hasta la que llegarían los troncos a través del ferrocarril, para ser convertidos en la materia prima de la industria del mueble, de las traviesas de las vías del tren, de la construcción naval… entre otras muchas utilidades que se le podrían dar en la zona; cuando la madera llegada entonces de la inmensa foresta levantina  constituía una fuente de riqueza importante para toda la región.

            Aquella vieja estación - ya en el distrito de El Cabañal-Cañamelar - fue derruida, construyéndose la nueva a 150 metros al norte de donde estuvo ubicada la antigua. Tampoco queda nada de la antigua fábrica de cerveza “El Águila” – construida en 1944, cuyo edificio fue demolido en 1990 -, junto a la que pasaban las propias vías del ferrocarril antes de ser soterradas. Su solar se ha convertido ahora en un polideportivo municipal y el espacio por donde pasaban las vías es el que conforma la misma calle Serrería y otras aledañas.

            En ese enclave eminentemente urbano se encuentra el Bar Serrería, un local que no cuenta con un gran aforo interior, pero sí con terraza.
            El mayor aliciente que presenta este establecimiento es su gran variedad de productos para el almuerzo. Todos a la vista, perfectamente expuestos, con un servicio esmerado, rápido y, en definitiva, eficiente.
Difícil decidir ante tan amplia y apetitosa oferta; la cara de satisfacción de estos Buidaolles, no se sabe si es debido al efecto hipnótico que ejercen los seductores manjares en los sentidos del olfato y de la vista, o a las acariciantes palabras de la camarera, quien adulaba a todos los clientes con frases cariñosas y lisonjas varias.  
            Bocadillos de todas clases y platos combinados aparecieron sobre aquella mesa alargada ocupada por once comensales. Carne con cebolla y pimientos, cazón con habas, platos combinados con berenjenas y calamares, tellinas con tomate, el típico esgarraet… entre otros productos, fueron degustados ese día en la terraza del establecimiento.

A la sombra de las sombrillas o a la del propio edificio, ese día se estaba bien en la calle; no hacía calor ni tampoco viento, y daba gusto, un día más, continuar con la habitual tertulia que caracteriza estos encuentros.

       Ese día se seguía rumiando el desconcierto del comienzo del curso académico y, en tono de humor, se hablaba de los intentos de los jefes por torpedear al grupo de Los Dalton Buidaolles, para evitar así que coincidieran con hora libre en la franja horaria del almuerzo. Con recelo se percibían esas lúdicas y hedonistas salidas del numeroso grupo que, con toque festivo, daba la impresión de que adelantara el comienzo del fin de semana. Sin embargo, al final, parece que surgió la cordura, siendo conscientes de que esas preferencias de librar a media mañana un par de horas, daba lugar a que otros compañeros y compañeras pudieran entrar más tarde y salir más temprano, resultando compatible tal desiderata; en una jornada de dos turnos con franjas horarias desde las ocho hasta las 21 horas, se podían hacer muchas combinaciones y contentar a todo el mundo.

       Desde aquí, una vez más, queremos poner de manifiesto que el objetivo de esta banda de pacíficos - aunque glotones – docentes, además de darse un pequeño festín, también tratan de llevar a cabo una de las dinámicas de grupo más importante en la organización de empresas u organismos públicos, la cual consiste en canalizar la relación informal, producida fuera del ámbito de trabajo, hacia estructuras formales como pueden ser los equipos educativos y de coordinación didáctica. 

   Ese conocimiento mutuo de las diversas personalidades en un ambiente distendido, da lugar a que se produzca la sinergia necesaria en el trabajo del día a día y ayude a la resolución de conflictos. Por otra parte, el objetivo también es cultural, pues se trata de revitalizar una tradición tan arraigada a esta tierra como es la del esmorzaret, al tiempo que, a través de esta humilde página, se dan a conocer los rincones de la Ciudad y de su área metropolitana: su economía, sus costumbres, sus formas de vida… dentro de un contexto histórico y geográfico.

       El espacio tan reducido entre la carretera y la terraza del bar impedía sacar una foto completa del grupo sin poner en peligro el ser atropellado por alguno de los muchos vehículos que a esas horas circulaban por la calle Serrería. No obstante, dos simpáticas chicas de la mesa de al lado: Laura y María, se mostraron dispuestas a sacar la foto al grupo completo situándose en la misma carretera. Desde aquí nuestro agradecimiento.
       En ese día soleado que subía de nuevo la temperatura y parecía preparar el cronológico “Veranillo de San Miguel”.



José GonzálezFernández

viernes, 14 de septiembre de 2018

Restaurante La Estela, avenida de Las Cortes Valencianas, 120 B, de Tavernes Blanques (Valencia) (14-09-2018)


       Habían transcurrido más de dos meses desde la última vez que se reunían para aquello que les proporcionaba energía y bienestar durante toda la semana.

            Las tormentas y chaparrones de días anteriores no sirvieron para refrescar el ambiente. Más bien al contrario, la temperatura en ese día; casi al final del estío, producía un calor húmedo en una atmósfera asfixiante, lo que daba lugar a que la transpiración corporal mojara la ropa con solo salir a la calle a pasear. Todo ello no era más que el preludio de lo que,  la mañana del día siguiente, sábado, iba a caer en la ciudad de Valencia. Esta vez, la mascletá no la produjeron los pirotécnicos habituales, no. Las fuerzas de la naturaleza se dieron cita a temprana hora matinal, con todo estruendo y resplandor, cuando los vecinos de la ciudad del Turia y localidades aledañas, aún se revolvían inquietos entre las sábanas, creyendo estar en la zozobra de un angustioso sueño.    


          Sin embargo, la mañana del día anterior, viernes, como de costumbre, Los Dalton Buidaolles cabalgaban de nuevo, aunque, eso sí, con los caballos de vapor de sus respectivos vehículos a motor, pues no estaba el día como para prescindir de su confort. Esta vez el desplazamiento, para algunos, era largo; se trataba del municipio de Tavernes Blanques, una localidad de la Huerta Norte, cuyo nombre ya evoca sensaciones placenteras y hace presuponer la existencia en la misma de bares, tascas y, obviamente, tabernas. Sin lugar a dudas, su toponimia nos indica que en el lugar debieron existir tabernas romanas en lo que fue la Vía Augusta que cruzaba la zona de norte a sur. En cuanto a la segunda parte de su nombre: “Blanques”, puede ser porque estuvieran enjalbegadas con cal o porque hubiera en la zona curtidores de piel (blanquers en valenciano).  Una localidad huertana que ha vivido desde antaño del cultivo de la chufa y del arroz, fundamentalmente, y que ahora mantiene su nivel de crecimiento económico gracias al proceso de transformación y comercialización de estos típicos productos de la zona.


            La antigua carretera en dirección a Barcelona cruza una localidad en la que aún se mantienen las construcciones decimonónicas típicas del estilo huertano de construcción neobarroca exportada de la ciudad al ámbito rural.

La cruz cubierta, bajo templete de teja árabe azul, de la localidad de Almassera, en las cercanías de Tavernes Blanques, indica – al igual que otras existentes en distintos puntos del área metropolitana – la puerta de entrada a la misma. Esta es conocida como la del camino de Barcelona, por ser el acceso de quienes procedían del noreste de la península.

            El Restaurante Hotel La Estela se encuentra en el número 120 B de la Avenida de las Cortes Valencianas, en el mismo antiguo camino de Barcelona. El bar en el que se sirve el almuerzo debe ser centenario, al igual que los edificios colindantes. No obstante, el complejo hostelero en su conjunto ha debido ser remozado en diversas ocasiones.

            El almuerzo, a pesar de no contar ese día con gran variedad de productos, podemos dar fe de que los bocadillos que se degustaron fueron bastante aceptables en cuanto a la calidad del pan y al contenido del mismo, y lo mejor de todo, el precio. Por 4,50 €, se incluye el tradicional “gasto”, la bebida y el cremaet o café. Aunque el cremaet casi produce un efecto de “tumbadioses”, debido a su alta graduación, también es cierto que lo preparan en presencia del cliente – lo cual es de agradecer –, quien decide cuando apagar la llama que quema el alcohol del ron.

            Pero la gran especialidad de la casa no parece ser el esmorzaret. Todo indica que el prestigo del establecimiento se lo da su paella de Fetge de Bou (hígado de buey), tal y como reza en el cuadro y en la cornúpeta cabeza de morlaco que decoran el establecimiento.

Aquella tradicional gastronomía de la zona daba pie a Los Buidaolles a volver de nuevo al lugar, pero esta vez a comer o cenar, pues no podían dejar de probar tan suculento y afamado manjar.

            Un día en el que acababa de comenzar el curso académico 18-19, siendo el tema de conversación recurrente el de los horarios, los grupos de alumnos, los comentarios sobre nuevos compañeros y compañeras… Pero lo que ese día estaba en todas las tertulias eran las titulaciones académicas de los políticos y de cómo las habían conseguido: plagios en trabajos de máster y tesis doctorales, convalidaciones extrañas, aprobados sin hacer acto de presencia en las aulas… Todo ello creaba cierto malestar y desasosiego en la población, sobre todo en los jóvenes universitarios; muchos de ellos con sus máster ganados a pulso, trabajando de camareros o en el andamio, cuando otros con los mismos máster, “pero falsos”, gobernaban el país.

            No podría faltar ese día la obligada visita a una horchatería. Todavía hubo algunos de ellos que hicieron un hueco en su saco digestivo para dar entrada a la deliciosa horchara de elaboración propia. Los más osados pasaron a pie al pueblo de al lado, Almassera, donde en la Horchatería Subíes, degustaron no solo horchata, también las ricas cocas hechas con chufa. El local está decorado con los aperos de la recolección del diminuto fruto que da origen a uno de los símbolos de la gastronomía valenciana.

            Porque era necesario empezar con buen pie el nuevo curso, porque los mejores momentos de la vida se potencian mucho más si son compartidos, porque se debe seguir la tradición y las buenas costumbres, porque ese grupo humano – indistintamente de sus puntos de vista discordantes o coincidentes – son compañeros y, sin embargo, amigos.

José González Fernández
           

jueves, 5 de julio de 2018

Mesón de la Tapa Chisquetes, calle de Andrés Segovia, 19, Chirivella (Valencia) (04-07-2018)

   “Julio el abrasador” se estaba dejando notar con temperaturas que superaban los 35 grados a la sombra, y una sensación térmica que, en el litoral, se incrementaba debido a la humedad en el ambiente.  La brisa del mar era más perceptible en esta época estival e invitaba a zambullirse entre las olas o, simplemente, a tostarse sobre la fina arena de los muchos kilómetros de playa que acarician la Ciudad del Turia. Pero ese día, precisamente, Los Dalton Buidaolles no habían elegido ningún garito playero para degustar su habitual esmorzaret. Además, no coincidía con el consuetudinario día de la semana en el que solían reunirse para tal menesterosa, a la vez que placentera, actividad.  



            Se habían dado cita esta vez en un número que batía el record de asistencia. Un total de 19 comensales habían acudido a aquella cita, entre los que se contaban a los frecuentes y esporádicos; a los “sin límite” y a los de control dietético… y, sobre todo, al amplio y nutrido grupo en el que, una vez más, se habían integrado algunas chicas; compañeras de fatigas, penas y alegrías, en este final del curso académico.    Sería, por lo tanto, el último almuerzo del curso. Por medio quedaría el estío hasta que, el mes de septiembre, volviera a llenar las aulas con nuevas generaciones de mujeres y hombres interesados en formarse para una profesión específica. Algunos de los que allí se encontraban, tenían claro que volverían de nuevo al mismo Centro, mientras otros aún no sabían qué les depararía el porvenir y los designios de La Consellería. Todos, incluyendo a los sexagenarios jubilados, deseaban volver a encontrarse de nuevo en el Ausiàs March para revivir las lúdico-gastronómicas-culturales jornadas en torno a una mesa. 


            Esta vez el lugar elegido fue Chirivella, municipio perteneciente a la Huerta-Oeste del área metropolitana de Valencia. Su término municipal quedó dividido como consecuencia de la construcción del nuevo cauce del río Turia, y ello originó que algún barrio –como el de La Luz- formara una conurbación con la Capital. 


            Como la mayoría de los municipios del cinturón industrial y comercial de Valencia, su historia se remonta a la época de la reconquista, aunque en este caso se han encontrado restos de construcciones romanas tales como: canalizaciones, calzadas o de columnas. Su toponimia deriva del latín Silvella, que significa “bosquecillo”.  


            En la actualidad Chirivella vive del sector servicios en un 60%, no en vano, en el propio barrio de La Luz se encuentra el Centro Comercial Gran Turia, que da empleo a un  gran número de chirivellenses. 







Pero como el día era especial, también quisieron que el almuerzo lo fuera, y en lugar de pedir los bocadillos de costumbre, optaron por algunas raciones en el Mesón de la Tapa Chisquetes, de la calle Andrés Segovia, nº 19 de Chirivella, un local que está respaldado por su buena crítica en general y la alta puntuación que le otorgan sus visitantes. Sin embargo, no satisfizo a algunos de Los Buidaolles; sobre todo a la hora de pagar la cuenta. Es cierto que el producto servido tiene un precio de mercado superior a lo que habitualmente se suele poner en el bocadillo, y que también se pidió el postre especial de la casa, pero, aún así, resultó algo caro.

 


Debemos destacar la calidad de su fritura de pescado, así como sus gambones de gran tamaño. No podemos decir lo mismo de sus croquetas, las cuales distan mucho de parecerse a las de otros establecimientos como, por ejemplo, las que ponen en el Bar Plaza, ya mencionadas en una crónica anterior.  No obstante, es de alabar la calidad de su vino turbio; en las copas de loza que se suele servir el vino gallego.



Cabe hablar también del sabroso pan de la casa: una tosta de tomate con all i olli que convierte al pan en elemento solista y no de acompañamiento.  Por último, mencionar los suculentos postres de helado de turrón servidos sobre una base de pudin de flan y bizcocho, adornado con nata y azúcar líquida que, aunque fueran de bote, no le quitaban valor culinario al producto final.



Sin embargo, el servicio fue algo lento; no parecía que el personal estuviera preparado para atender, de buena mañana, a un contingente de 19 comensales con tan buen saque. No obstante, se debe valorar el amplio local con varias salas y terraza exterior y, sobre todo, la posibilidad de buen aparcamiento gratuito dentro del parking del Centro Comercial Gran Turia, algo que cada día se echa más en falta, tanto en la Ciudad como en las poblaciones aledañas. 


En general, a este establecimiento se le podría poner una buena nota si no fuera porque su precio superó todas las previsiones, en comparación con otros ya visitados.



Los temas del día estaban referidos a la eliminación de la Selección Española de Futbol en el mundial de Rusia, así como a la elección en las primarias del nuevo líder del PP y candidato en elecciones generales a la presidencia del Gobierno de la Nación. Pero por algunos sectores de la mesa se habló de los comportamientos diferentes entre hombres y mujeres a la hora de hablar de sí mismos o de su vida privada; pues el hermetismo de la mayoría de los hombres, en cuanto a su intimidad se refiere, nada tiene que ver con la necesidad que la mayoría de la mujeres tienen de compartir entre ellas todos sus sentimientos, alegrías o problemas.


 Por el otro extremo de la mesa se habló de las fobias ante las visitas al dentista o de los juegos de mesa tales como el Catán, que consiste en construir, sobre un tablero, pueblos ciudades y caminos. O el Agrícola, en el que cada jugador crea una familia en una granja con ganado, e intentará sobrevivir. También el de Dixit; cuya locución latina significa decir o contar, en el que un narrador dirá los datos que aparezcan en una carta, la cual otros jugadores tendrán que averiguar.



Todo esto ocurrió en aquel último día del curso escolar; con ese sabor agridulce de la alegría, por una parte, porque llegaban las vacaciones, pero con una cierta dosis de tristeza, por la incertidumbre de no saber si algunos compañeros o compañeras volverían el próximo curso. Porque lo importante no era “volver a verles” en algún lugar, en alguna parte… lo importante era “verles volver” a su actividad académica en el Ausiàs March.

                                
                                   José González Fernández


sábado, 23 de junio de 2018

Cervecería Guimerá, calle Ángel Guimerá, 20, Valencia. (22-06-2018)

En la gran Ciudad, el pulso de lo cotidiano se dejaba sentir en el bullicio de las calles del centro urbano.  También en el tráfico - tanto subterráneo como superficial -, en el nivel de decibelios producido por las sirenas, y en los comercios y bares de las manzanas de edificios que se concentran en algunas calles como la de Ángel Guimerá.



            Las aceras ahora habían cambiado el jacarandoso color malva de su tapiz, por el amarillo de las flores de acacia y el rojo de las de eucalipto ornamental. Era el segundo día de verano que se presentaba, ya a las diez de la mañana, con la amenaza de la temperatura de batir el record anual; a la misma hora en que Los Dalton Buidaolles, como de costumbre en viernes, visitaban la Cervecería Guimerá, de la calle Ángel Guimerá, 20, de Valencia.



            No podían faltar ese día a su cita, pues ya el viernes anterior, a consecuencia de otros eventos también gastronómicos, no acudieron al habitual encuentro.



            Esta vez el establecimiento que visitaban se localiza en el casco urbano de Valencia, eso sí, a extramuros de lo que fue la muralla cristiana, pero con una gran superpoblación. La Cervecería Guimerá está en la calle a la que le da el nombre el gran escritor, considerado el máximo exponente del resurgimiento de las letras catalanas, Ángel Guimerá. Un escritor de madre canaria y padre catalán, que nació en Santa Cruz de Tenerife aunque se crió en Cataluña.



            La Cervecería Guimerá, a pesar de tener muy buena crítica, no es, ni de lejos, de los mejores lugares de la Ciudad para almorzar. Está ubicada en una calle donde es imposible aparcar - ni en ella ni en las calles aledañas -. Por otra parte, se trata de un local de pequeño aforo que puede llenarse en cualquier momento, sin que merezca la pena esperar a que se quede mesa libre. Sin embargo, hay que alegar en su defensa, que esta opinión fue altamente rebatida por otros Buidaolles de estómagos agradecidos, quienes mostraban su aquiescencia o conformidad con las viandas recibidas.  Es que después del buen paseo en bici o a pie hasta llegar al lugar, los jugos gástricos llegaron a alterarse tanto, que todo lo que se le echaba a la boca entraba cual vertido en taza de excusado.

 



No obstante, algunos bocadillos como el de sangre encebollada con pimientos o el de habitas con chipirones, tenían buena pinta, aunque, en este último caso, las habitas fueran habas de buen tamaño, como puede apreciarse en la foto.  No podemos decir lo mismo del bocadillo de rabas con all i olli: un producto de textura tan elástica cual goma de mascar, dentro de un pan correoso y de arrebatada cocción.    



Eso sí, en cuanto al servicio, nada que objetar:   rapidez y trato exquisito fueron sus notas predominantes.



            La noticia de ese día era el comienzo de los Juegos Olímpicos del Mediterráneo en la ciudad de Tarragona. La polémica estaba servida, pues no estaba claro cómo iban a recibir al Rey los partidos independentistas catalanes.



            Ese mismo día se produjeron manifestaciones, en distintas ciudades de España, en protesta por la decisión judicial de excarcelar a los miembros de “La Manada”, concediéndoles la libertad provisional, bajo fianza de 6.000 euros, a cada uno de los cinco.  Esto fue algo difícil de entender por casi todos los sectores de la población; partidos políticos, sindicatos, asociaciones feministas… abogaban por la modificación del derecho penal. Sin embargo, la presión social y mediática hacia las decisiones judiciales eran palpables, sin llegar a profundizar en el papel del tercer poder del Estado, el cual consiste en interpretar las leyes, sin la posibilidad de cambiarlas.



            Aquel día también fue noticia entre los Buidaolles el hecho de que, en la tarde del día anterior, un tal “Darío Navalperal” había presentado una novela llamada “El eslabón roto”, a la que habían asistido de forma mayoritaria. La pregunta era: ¿pasaría sin pena ni gloria como tantas otras operas primas de autores que no llegan ni a ser conocidos en su propio barrio, o, por el contrario, sería un globo sonda para futuras publicaciones? El tiempo lo diría. De momento el libro podría servir para decorar una estantería, descubrir alguna que otra intimidad oculta del propio autor o, simplemente, para tapar algún desconchón de la pared del comedor que no puede cubrir el mueble-bar. 

  

            En la noche de aquel día, todos ellos acudirían al anual acto de graduación del CIPFP Ausiàs March y a la posterior cena de profesores, con lo que se debían evitar los excesos mañaneros. No obstante, aquel día había que hacer una excepción, pues uno de Los Buidaolles, el más próximo a la jubilación, tuvo el gusto y la generosidad de pedir una botella de cava y brindar a la salud de todos, por los buenos momentos vividos con la banda a lo largo del año, y por los que le quedaban por vivir; pues la jubilación no significa la salida de este club gastronómico-social en el que, más allá de la relación de trabajo, predomina la amistad.

                                            José González Fernández